sábado, 1 de julio de 2023

Dos chicos


Alicia no se consideraba precisamente una mojigata en el plano sexual. Tampoco es que fuera una mujer de esas que llaman “de moral distraída”, pero llevaba algo de camino recorrido a lo largo de su vida con los varios ligues y relaciones que había tenido. No era “una experta”, pero tenía algo de “experiencia”.

A sus casi treinta años, y conservando como conservaba aún su belleza, su juventud madura, su cuerpo aún apetecible, sus curvas de mujer sin estropear, su piel tersa, su cabello espectacular… Alicia llamaba la atención allá donde fuera. Era hermosa a rabiar y ella lo sabía. Y precisamente esa belleza le había permitido siempre haber podido escoger con mucha facilidad los chicos con los que se relacionaba. Siempre había algún chico a su alrededor lo suficientemente enamorado de ella como para sentirse cortejada casi permanentemente. Y aunque no era una mujer superficial y no se fijaba sólo en el aspecto físico de sus pretendientes, que también, el poder escoger entre muchos siempre le daba la oportunidad de aceptar aquellas relaciones que más le interesaban por una razón u otra. A diferencia de la mayoría de sus amigas, Alicia tenía el listón muy alto y sólo permitía a ciertos chicos acercarse a ella con según qué intenciones. Tenían que ser, aparte de guapos, por supuesto, interesantes en muchos otros aspectos de la vida. Buscaba en ellos sobre todo sinceridad y honestidad, sentido común, que tuvieran la cabeza bien amueblada y las ideas muy claras. Y si algo detestaba eran precisamente los tan abundantes niñatos que se sabían guapos o musculitos típicos de película, que por regla general siempre solían tener la cabeza más bien vacía.

Por todas estas cosas y otras muchas, Alicia había tenido variadas relaciones con muchos y muy diferentes tipos de chicos. Pensaba que la vida era muy corta para atarse demasiado pronto, y aunque en su horizonte lejano sí se atisbaba la idea de cimentar una relación duradera y formar una familia, desde sus dieciséis añitos había tenido siempre claro que hasta los cuarenta como poco, la vida estaba hecha para disfrutarla de forma algo alocada. Ya vendría después el tiempo de serenarse y establecer rumbos más seleccionados en su vida.

Si hubiera tenido que apuntar en un papel el listado de chicos con los que había salido, a buen seguro que habría sido largo y con varias hojas. Había tenido infinidad de novios, rollos, ligues y aventuras de todo tipo. Y de cada uno de ellos fue aprendiendo y extrayendo cosas y lecciones de vida. Cada uno le aportó algo nuevo y algo bueno, aunque también tuvo estrepitosos fracasos que hasta la hicieron llorar en más de una ocasión. Se dejaba guiar por la mayoría de ellos para ver hasta dónde la proponían llegar y les seguía el juego hasta el punto en el que ella decidía plantarse y establecer su propio límite. Por lo general aceptaba casi toda clase de aventuras propuestas porque le gustaba probar de todo, pero había algunas cosas por las que no estaba dispuesta a pasar, como por ejemplo las drogas. Siempre que topó con algún chico que trataba de introducirla en ese peligroso y pantanoso mundo, ella ponía tierra de por medio de forma casi inmediata.

Pero por lo demás, no era persona que se asustara ante la proposición de las aventuras más diversas. Había hecho puenting, saltado en parapente, participado en carreras ilegales de motos y coches, viajado en velero, explorado territorios casi vírgenes, viajando por medio mundo y experimentado del placer de aprender las costumbres y las formas de hacer las cosas de un montón de culturas diferentes en sus largos periplos por el planeta. La vida estaba para disfrutarla y ella simplemente lo hacía.

Y en el plano sexual también había probado gran cantidad de cosas, desde hacerlo al aire libre, en lugares públicos, a la vista de extraños, con chicos de distinta raza y edad a la suya, había probado levemente algo del fetichismo y la dominación y había practicado innumerables juegos y prácticas sexuales. Aceptaba de buen grado la felación, de hecho era de una sus prácticas favoritas, incluso con final en su boca, en su cara o en su pecho. Le gustaba también dominar a los chicos, atándolos, sentándose en sus caras y obligándoles a que la hicieran sexo oral a ella, había probado la lluvia dorada con al menos dos chicos que se lo propusieron, aunque a ella no le gustaba especialmente, y también disfrutaba mucho tanto atando a sus amantes como siendo atada por ellos. A veces incluso hasta la violencia en el sexo le gustaba, siempre que no fuera excesiva y no se saliera de las prácticas más o menos normales y aceptables  y sobre todo consensuadas con sus parejas. También había tenido alguna experiencia con alguna chica, aunque no llegó a ser abiertamente sexual. Pero besarse y magrearse en una discoteca con una chica era algo que había probado en al menos un par de ocasiones y a lo que tampoco le hacía ascos. No se consideraba lesbiana, ni mucho menos, pero entendía a la perfección que la sexualidad entre mujeres era un campo con muchas posibilidades. Y por supuesto, se había explorado ella misma con infinidad de juguetes y prácticas onanistas, conociendo su cuerpo y sus zonas más erógenas a la perfección.

Pero había algunas cosas que no había probado nunca y que deseaba hacer antes de llegar a esa etapa en la que ella creía, erróneamente, que no se podían o no se debían hacer. Eran el sexo con más de una persona y el sexo anal. Con el último, ella misma había hecho algunos pinitos en la intimidad y con alguno de sus juguetes. Sabía perfectamente que el ano es una zona tremendamente sensible y con el que se puede obtener un gran placer, de hecho ella misma se había introducido en más de una ocasión algún dedo o algún dildo pequeño. Pero le parecía sucio y siempre terminaba por desecharlo. “Ya llegará el día en el que lo haga con un chico y en otras condiciones” pensaba a menudo para sí misma.

Sobre el sexo con más de una persona, aunque no lo había llegado a practicar nunca, soñaba con ello muy a menudo y era algo que tenía marcado como una de sus próximas metas a conseguir. Lo hacía además en casi todas las vertientes posibles, desde hacer tríos, tanto con dos chicos a la vez como con una pareja siendo ella la segunda chica, hasta sexo con múltiples personas, tanto si ella era poseída por múltiples hombres, como la participación en orgías grupales con muchos hombres y mujeres. Era consumidora ocasional de algunas páginas porno para sus ratos íntimos, y entre los vídeos que más le gustaba ver estaban los mencionados tríos y orgías.

Llevaba algunos meses saliendo con un chico, Alejo, con el que se sentía muy a gusto. Era bien parecido, muy respetuoso con ella, muy educado y siempre estaba tratando de agradarla, haciendo en todo momento cualquier cosa que a ella le pudiera apetecer sólo para que estuviera atendida y contenta. Tenía mucha personalidad pero casi la dejaba de lado en su presencia para dedicarse en cuerpo y alma a ella. Y no es que Alicia le mangonease constantemente, pero en ocasiones sí se hacía un poco la víctima y ponía algún puchero sólo para que Alejo le diera mimitos o para conseguir algo de él. Fue precisamente esa predisposición de su novio lo que le llevó a pensar en proponerle sutilmente un acercamiento cuidadoso a estas prácticas tan delicadas que implicaban tremendas dosis de confianza mutua por meter personas extrañas en el seno de la pareja.

Tenía un poco de miedo a proponérselo, pero finalmente, viendo la voluntad del muchacho por agradarla siempre, un día comenzó a hablarle y a preguntarle sobre sus opiniones acerca del sexo entre más de dos personas. Alejo, que no era tonto, captó las indirectas enseguida, y aunque al principio quedó un poco descolocado, no tardó en comprender lo que Alicia pretendía y valoró a la velocidad del rayo la posibilidad de hacer un trío con ella y con alguien más. A nadie se le escapa que una de las fantasías más recurrentes de casi cualquier hombre es acostarse con dos mujeres a la vez. Y en ello pensaba precisamente Alejo hasta que ella misma le sacó de su error, proponiéndole un pacto que poco menos le desencajó la mandíbula por lo inesperado, asombroso y pasmoso de la propuesta. Ella aceptaba convertir fantasía de él en realidad, que ya la habían hablado en alguna ocasión y era hacerlo con ella y con su hermana, tan guapa o más que la propia Alicia, sólo a cambio de que él aceptara primero hacer un trío con otro chico. Qué duda cabe de que la propuesta era de lo más atractiva, aunque el verdadero problema sería convencer a su hermana de tan descabellada idea.

Muchos minutos hubieron de pasar para que Alejo pudiera por fin dar una respuesta a la propuesta. No era fácil responder a semejante proposición, ni afirmativa, ni negativamente. Las ganas y el deseo de experimentar cosas nuevas chocaban de plano contra algo tan delicado como compartir a su chica con otras personas, sobre todo con otros hombres, más aún si eran completos desconocidos. Pero bastaron algunos besitos, pucheros y carantoñas de Alicia y la potente esperanza de poder encamarse con las dos mujeres más bellas que conocía, para que finalmente accediera a la propuesta de su chica.

La charla, una vez llegado al acuerdo inicial, tomó un cariz puramente organizativo para llevar a cabo el evento. Y el principal escollo era escoger a la persona adecuada para el primer trío, ya que para el segundo estaba perfectamente claro. Alejo insistió mucho en que fuera un completo desconocido para ambos, ya que no quería ver amenazada su relación con Alicia con posibles roces sentimentales de ninguna índole. Dicen que el roce hace el cariño, y por eso él quería lo que comúnmente se llama “rollo de una noche”. Se busca un chico, se hace el trío y no se le vuelve a ver nunca más. Era consciente del riesgo que suponía si se hacía con alguien conocido. A buen seguro habría más intentos posteriores para repetir o simplemente que el asunto continuara presente por tiempo indefinido en conversaciones, miradas o suspicacias cada vez que el tercer integrante apareciera en escena. Estaba claro que era mejor con un completo desconocido. El tema de la salud, la higiene y los riesgos venéreos era también muy importante para los dos. No era cuestión de asumir riesgos innecesarios por una noche loca, así que acordaron intentar buscar a alguien lo más sano posible, con buen aspecto físico y que además diera muestras de cuidarse.

―¡Un ciclista! ―dijo Alicia algo excitada―. Son deportistas, cuidan su cuerpo a tope y además están sujetos a un montón de controles médicos y sanitarios, con múltiples análisis de sangre de forma periódica para evitar el tema del dopaje. Si encontramos un ciclista profesional, seguro que estaremos seguros de que está sano.

Dicho y hecho. Alejo comenzó a investigar por Internet los equipos profesionales y semiprofesionales de su ciudad y comenzó un acercamiento a ellos, no tanto para practicar el deporte en sí, sino para conocer sus hábitos y lugares de encuentro y escoger al más idóneo. No le costó mucho confeccionar un pequeño listado de personas que Facebook se encargó luego de perfilar y filtrar para desvelar sus hábitos nocturnos para rondarles. En dos semanas, tenían localizado al chico perfecto. Le habían visto entrenar con la bicicleta, habían vigilado las amistades que tenía y habían comprobado que no fumaba, que salía en contadas ocasiones y que cuando lo hacía, no castigaba su cuerpo con alcohol sino con zumos y bebidas azucaradas.  Y además era atractivo para Alicia, que también era un rasgo importante. Tenían al tercer integrante del trío. Sólo había meterlo en la cama, pero eso no sería muy difícil.

El acercamiento fue al estilo “aquí te pillo, aquí te mato”. No había posibilidad ni necesidad de entablar amistad alguna, así que Alicia y Alejo acordaron atacarlo directamente en el pub al que habitualmente el chico acudía con sus amigos y jugárselo todo a una carta. Esperaron a que el chico acudiese al lavabo en el pub para desarrollar su estratagema. Alicia se haría la borracha y lo abordaría junto a los lavabos, regalándole un beso de tornillo en la boca y un magreo en condiciones al paquete por encima del pantalón. Difícilmente nadie podría resistirse a algo así teniendo en cuenta la belleza y la espectacularidad del cuerpo de Alicia.

Y funcionó. El pobre muchacho se quedó perplejo cuando Alicia lo arrinconó contra la puerta del baño, le metió la lengua con sabor a güisqui hasta el gaznate al tiempo que una de sus manos le agarró su hombría con fuerza pero sin lastimarle. La primera reacción del chico fue la de protegerse y rechazarla, pero la rapidez de Alicia pronto solucionó el problema. En vista de que agarrarle el paquete no era suficiente y parecía que podía estar a punto de salir corriendo, se lanzó a la piscina y directamente le metió la mano por dentro del vaquero y del calzoncillo para agarrarle bien y en condiciones y evitar que escapara. Aquello fue lo que al muchacho terminó de convencerle, que de inmediato se dejó hacer y aunque no pasó a la acción por miedo a “estropearlo todo”, se relajó y permitió que aquella boca y aquella mano hicieran su trabajo a pesar de estar en un sitio público.

La excitación de ambos aumentó de forma brutal, casi tanto y tan rápido como la erección del pobre muchacho abordado, y Alicia continuó con su planificada estrategia, no sólo comiéndole y magreándole, sino también diciéndole obscenidades y comentarios para calentarlo todo lo posible. Bien sabía ella que eso funcionaba, porque tan pronto como le dejó claro que aquello no era sólo un rollito, sino que quería follárselo, comerle la polla y dejarle seco, el ciclista se atrevió a ser algo más activo y comenzó a usar sus manos también para sobarla también a ella. Aquel par de tetas no era algo que se viera todos los días. Menos aún que se tuviera la oportunidad de palparlas y sopesarlas, aunque por el momento fuera sólo por encima de la ropa.

―¿Tienes un coche o un sitio donde hacerlo? ―preguntó Alicia con urgencia―. Estoy súper cachonda y quiero follar ¡ya!
―Vivo en esta misma calle ―repondió el chico pensando que le acababa de tocar la lotería.
―¡Genial! ―exclamó ella―. ¿Tienes algún inconveniente en ir ahora?
―¡Ninguno! ―respondió él.
―¡Pues vamos! ―dijo Alicia sacando la mano de su entrepierna y recomponiéndose un poco―. No aguanto más.

Y dicho y hecho. Ambos salieron del local ante los atónitos ojos de los amigos del ciclista, que no se podían creer que su amigo simplemente les dejara tirados por pirarse con semejante belleza.

Ya en la calle, Alicia continuó calentando al muchacho a base de más besos, magreos y roces a cada pocos pasos. Hacía su papel de borracha caliente a la perfección. Fue entonces cuando entró en acción Alejo, que siguiendo el plan previamente trazado por ambos, se hizo el encontradizo por la calle y los interrumpió para saludar. El objetivo era entorpecer el calentón del muchacho por unos momentos, llegando incluso a crear confusión y hasta frustración por no poder terminar la faena iniciada en el bar. Alejo y Alicia comenzaron a hablar como si hiciera meses o años que no se viesen, recordando viejos tiempos y haciendo entender muy claramente a la pobre víctima que entre ambos habían tenido una relación. Relación que, a juzgar por los comentarios de Alicia, debía haber sido muy fogosa, sexual y pasional, ya que ella no hacía más que insinuar que aún recordaba lo bien que follaba. La cara del pobre ciclista era todo un poema. Se sentía completamente fuera de lugar y algo acongojado.

Cuando las insinuaciones de Alicia subieron aún más de tono, diciendo en su fingido estado de embriaguez que quería volver a follar con él, Alejo lanzó el órdago y respondió que no le parecía bien lo que estaba haciendo en presencia de su pareja, a lo que rápidamente ella contestó que el muchacho no era su pareja sino un simple rollo que acababa de encontrarse en el pub, que no le conocía de nada y que sólo iba a su casa a follárselo porque estaba caliente y muy excitada. Los dos chicos intercambiaron una mirada en la que uno estaba simplemente perplejo por lo insólito de la situación (el ciclista) y el otro miraba como con ojos de cordero degollado suplicando por permitirle irse con su antigua novia. Finalmente, fue Alicia la que intervino.

―¡Oye! ―dijo resuelta―. ¿Y si nos lo montamos los tres? Yo estoy a tope y no es plan que ninguno de los tres se quede con las ganas. ¿Qué os parece? ¿Os gustaría follarme a dos bandas?

El chico de la bicicleta se quedó un poco cortado, pero ante la sonrisa y la cara de aprobación del supuesto antiguo novio de la chica, la propuesta de ella y el calentón que tenía desde que había salido de los baños del pub, le hicieron decidirse casi al instante.

―¿Estás segura de que quieres hacer eso? ―preguntó como queriéndose asegurar por última vez de que lo que le estaba pasando era cierto.
―De lo que estoy segura es de que necesito follar urgentemente ―espetó un tanto amenazadora―. Pero si tú no quieres, no pasa nada. Seguro que Alejo no tiene problema. Y no sería la primera vez, ¿verdad cari?
―Verdad ―dijo el aludido claramente avisando al pobre infeliz de que podía perder su oportunidad―. Tengo el coche aquí cerca. Si quieres nos vamos a tu casa ahora mismo.

Alicia se giró hacia el ciclista y le miró como dándole la última oportunidad para decidirse.

―Tu dirás ―le dijo―. ¿Qué quieres hacer?

El ciclista dudó unos pocos segundos rascándose la nuca, pero finalmente se decidió.

―¡Qué coño! ―exclamó―. Las oportunidades sólo pasan una vez en la vida. Esto no me a volver a pasar jamás. ¡Vamos a mi casa!

Y así, los tres continuaron rumbo al domicilio del ciclista, colocándose uno a cada lado de Alicia mientras ella aprovechaba para intercambiar besos, roces y algún toqueteo con cada uno de ellos, especialmente con el ciclista para que no se rajara.

Ya en el ascensor los tres, Alicia se agachó ante Alejo, y sin contemplaciones de ningún tipo, le sacó el pene de la bragueta y comenzó a chupárselo como si le fuera la vida en ello. Era el toque de gracia a su urdido plan. Se trataba de hacerle ver al otro chico que las cosas iban en serio y que ella estaba dispuesta a hacer lo que le había prometido. Comerle la polla a un tipo al que “hipotéticamente” hace varios años que no ves era claramente una señal de que iba en serio y de que efectivamente, su objetivo era follar, con uno o con los dos. Pero el ascensor llegó a su destino y a él no le tocó el turno. Su miembro no recibió felación alguna, aunque sí un buen magreo. Salieron los tres del elevador y entraron en el piso del ciclista. Una vez dentro todos, se produjo un tenso silencio y hasta algo incómodo debido a que el propio anfitrión no supo muy bien qué debía hacer. No sabía si lo procedente era quedarse en el salón, ofrecerles alguna bebida o pasar directamente a la acción en el dormitorio. Finalmente, fue la propia Alicia la que tomó la iniciativa viendo peligrar el plan.

―¡Bueno qué! ―exclamó­―. ¿No se decide nadie?  ¿A qué hemos venido, a ver la tele? ¿Dónde tienes el dormitorio?
―¡Sí, sí, perdona! ―contestó el ciclista­―. Es que estoy un poco nervioso. Es por aquí. Venid.

Los guió por un corto pasillo hasta su dormitorio y les invitó a pasar al cuarto por delante de él. Era una estancia pequeña, con una única cama estrecha, de noventa, un pequeño escritorio situado bajo la ventana, una librería en un lateral, un armario empotrado de dos puertas en el otro lateral y el resto estaba repleto en los huecos libres de pósteres y fotografías de ciclistas, carreras y demás parafernalia relacionada con el deporte de los pedales, desde los actuales hasta los ciclistas más importantes y galardonados de todos los tiempos. Estaba claro que era un auténtico forofo del deporte.

Alicia no se anduvo con preámbulos y se colocó sentada en el centro del lateral largo de la cama, se sacó la camiseta y el sujetador mostrando sus encantos naturales, lanzándolos directamente al suelo para que luego no molestasen en la cama y se dirigió al dueño de la casa, haciéndole un gesto con el dedo índice para que se acercara.

―Ven aquí, guapo ―le dijo―. Vamos a ver cómo tienes la herramienta.

El chico, que apenas daba crédito a lo que le estaba sucediendo pero que al verla medio desnuda, ya comenzaba a creérselo, se acercó a ella un tanto temeroso. Alicia lo guió con sus manos para que se colocara justo frente a ella. La erección del muchacho era más que evidente y el bulto que tenía en la bragueta indicaba que estaba ya muy excitado. Alicia le desabrochó el cinturón y el botón del vaquero, bajó la cremallera de la bragueta y tiró sin miramientos de las dos prendas a la vez hacia abajo, pantalón y bóxers, hasta dejarlos a la altura de las rodillas más o menos. El pene del ciclista saltó inmediatamente hacia arriba ofreciéndose ante Alicia en todo su esplendor, grande erecto, algo curvado, ligeramente lubricado en su extremo y sobre todo,  muy apetecible. Estaba bastante bien dotado el deportista. Tenía un pene de un considerable tamaño, bastante más grande que el de Alejo, y Alicia no pudo reprimir una leve sonrisilla porque pretendía disfrutar a tope con los dos miembros que esa noche iba a degustar y cabalgar, especialmente el que tenía delante, que era nuevo para ella y además no defraudaba para nada sus expectativas. Lo cogió con la mano derecha para sopesarlo y sentir mejor su tamaño y su temperatura, casi ardiente, miró hacia arriba a los ojos del dueño de semejante herramienta y le lanzó un piropo.

―¡Buena herramienta tienes! ―le dijo―. ¿Sabrás usarla bien?

El chico, ya un poco más envalentonado al comprobar que la cosa iba en serio, y que sin duda se la iban a chupar, se tiró un farol.

―¡Por supuesto! ―contestó­―. Pero antes de que entre en acción, y debido a su tamaño, necesitarás ponerla a tono. ¿Se te ocurre alguna forma de hacerlo?
―Alguna se me ocurre ―dijo Alicia guiñándole un ojo y procediendo a hacer por fin lo que llevaba queriendo hacer desde hacía muchos días.

Lo primero que hizo fue plantarle un beso seco en la parte inferior del glande, justo en el frenillo. Estaba literalmente ardiendo y sintió inmediatamente la altísima temperatura en sus labios. Tras el beso, sacó la lengua y con la punta endurecida le dio un par de toques al mismo frenillo que instantes antes acababa de besar. Ambas acciones tenían una doble finalidad. Por un lado preparar y excitar al sufrido chaval lo máximo posible. Y por otro lado, comprobar que el pene tuviera un mínimo de higiene y no fuera desagradable al olor ni al gusto. Y la tenía. Aquel chico probablemente se habría duchado no hacía más de dos o tres horas, y aunque había un lejano recuerdo olfativo a orina, a Alicia no le importó porque sabía que pronto el líquido preseminal lavaría todo el conducto interno del miembro. Sabía que era el pequeño precio que debía pagar por disfrutar de aquel hermoso pene.

Satisfecha ya con el tamaño, el olor y la higiene del miembro, directamente lo engulló hasta donde su campanilla le permitió, comprobando que el diámetro y el grosor sólo le permitía introducírselo en la boca hasta la mitad. Era justo lo que ella quería. Deseaba sentir que el miembro fuera grande, potente y hasta un tanto amenazador. El de Alejo era más bien normal, se podría decir que como el de la media española, y podía metérselo en la boca casi hasta el fondo, llegando a acariciar el nacimiento de los testículos con el labio inferior y a tocar el pubis de su chico con la punta de la nariz. Pero aquel armatoste era otra cosa. Era una invasión total de su cavidad bucal y la obligaba a abrir la mandíbula casi todo lo que podía. Sabía que no podría practicarle una felación durante mucho tiempo como solía hacer con Alejo, pero por otro lado la encantaba tener que esforzarse por degustarlo. Los mayores esfuerzos siempre obtienen mejores recompensas. Por un momento pensó en su segunda fantasía, el sexo anal, pero rápidamente desechó de su cabeza hacerlo con este chico porque el tamaño de su miembro así lo desaconsejaba. Tenía demasiado diámetro. Y longitud también. Otro sería el afortunado, no él.

Por espacio de unos cinco o diez minutos, estuvo chupando aquel inmenso pene, unas veces introduciéndoselo en la boca hasta donde le era posible, otras veces recorriéndolo por fuera con la lengua, tanto por los lados como por debajo, y otras, ejerciendo sobre el glande toda la fuerza de succión que sus labios eran capaces de aplicar. El resultado fue un tremendo aumento del tamaño de la cabeza del pene, así como su endurecimiento hasta casi reventar, y también una constante segregación de líquido preseminal que a ella tanto le gustaba. Ese lubricante, mezclado con su propia saliva, poco a poco fue consiguiendo que todo el conjunto, boca, pene y testículos, estuvieran completamente empapados y resbaladizos. Acompañaba todos sus movimientos de cabeza con ayuda de su mano derecha, que asía el pene por la mitad más cercana al ciclista y lo manipulaba hacia delante y hacia atrás, tensando en cada movimiento el trozo de piel correspondiente y contribuyendo así a la mayor excitación del muchacho. La mano izquierda, la mayor parte de las veces permanecía apoyada sobre la pierna del chico, aunque a veces hacía alguna excursión para acariciar y sopesar los testículos del pene que estaba devorando. También a veces la usaba como freno cuando el ciclista se excitaba demasiado y adelantaba sus caderas presionando demasiado con su ariete sobre la campanilla de Alicia.

Cuando la mandíbula de Alicia comenzó a recordarle que estaba trabajando en exceso, recordó que Alejo aún permanecía apoyado junto al quicio de la puerta y le invitó a que se uniera a la fiesta. Le hizo una seña con la mano mientras le miraba de reojo y le mandó sentarse a su lado. Alejo obedeció al instante y tomó asiento en la cama junto a ella con la bragueta ya abierta y mostrando un poco acomplejado su pene. Era prácticamente la mitad que el de su nuevo amigo, aunque sabía perfectamente que era muy capaz de satisfacer con él a su chica. El momentáneo parón para que Alejo se uniera a la pareja sirvió para que el ciclista aprovechara para quitarse del todo los pantalones y los bóxers, y al mismo tiempo se quitó también la camiseta, quedándose en apenas tres segundos completamente desnudo frente a la pareja que estaba sentada en la cama. Se notaba que estaba muy excitado y que tenía prisa por dar el siguiente paso.

―¡Vaya! ―dijo Alicia―. Se ve que tienes prisa, ¿eh?

El chico no contestó. Se limitó a sobarle las tetas a Alicia mientras ella cogía un pene con cada mano y los comparaba mentalmente. Realmente había mucha diferencia entre los dos.


―¿Tienes condones? ―preguntó Alicia―. No me vas a meter nada en ningún sitio si no es con una gomita.
―¡Sí! ―contestó él―. Los tengo en la chupa, que la he dejado en el salón. ¡Vuelvo enseguida!

En pelotas, salió disparado hacia el pasillo casi sin darles tiempo a reaccionar a Alicia y a Alejo. Pero aprovecharon el pequeño paréntesis para intercambiar algunas impresiones entre ellos y asegurarse de que los dos estaban bien y que podían seguir adelante con el plan.

―¿Estás bien? ―peguntó Alicia.
―Sí ―respondió él―. Todo perfecto.
―¿Seguro? ―quiso asegurarse―. No quiero hacer esto si no estamos de acuerdo los dos.
―Tranquila ―dijo él―. No hay problema. Si te soy sincero, hasta me he excitado un poco viendo cómo se la chupabas. Hay que reconocer que el chico tiene una buena polla.
―¡Sí! ―exclamó ella visiblemente excitada―. Es enorme. Pero quiero que sepas que no te cambio por nada. Esto es sólo un juego, pero yo te quiero a ti más que a nada en el mundo, ¿vale?
―Lo sé, preciosa ―respondió él―. No te preocupes. Sólo quiero que disfrutes esto a tope. Yo lo haré también.

El ciclista apareció de nuevo por la puerta ya hasta con el condón puesto y con una sonrisa en la boca que indicaba a todas luces que estaba como loco por meter su inmenso pene en cualquier sitio, o al menos donde le dejaran.

―Vamos a hacer esto bien ―dijo Alicia―. Yo quiero ese pedazo de polla dentro de mí, pero también quiero que disfrutemos los tres, ¿vale?

Los dos chicos asintieron al unísono con la cabeza.

―Lo primero ―le dijo al chico levantándole el dedo índice a modo de aviso recriminatorio―, nada de anal. ¿Vale? No estoy preparada para semejante armatoste en mi culo.
―Lo que tú mandes ―dijo el chico asintiendo con la cabeza.
―Cari ―dijo ella dirigiéndose hacia su propio chico―, tú quítate toda la ropa y túmbate en la cama con las piernas abiertas. Hoy voy a dejar que te corras en mi boca, que sé que te encanta aunque no siempre te lo permito. Pero creo que hoy la ocasión lo merece.
―Gracias, chiqui ―contestó él.
―Y tú ―le dijo al ciclista―, me lo haces al estilo perrito mientras yo se la como a él. ¿Vale? Si lo hacemos todos bien y nos corremos todos juntos puede ser el polvo de nuestra vida.

Alejo obedeció sin necesidad de más instrucciones y se desnudó completamente para acto seguido tumbarse en la estrecha cama unipersonal. Alicia, que también se desnudó del todo para estar más cómoda, se colocó de pié en el suelo a los pies de la cama y se dispuso a arrodillarse sobre el colchón, dejando sus pies fuera del mismo, y situándose entre las piernas de su chico, que a pesar de tener un pene mucho más modesto que el de su competidor, lucía ya una erección completa. Tiró de las piernas de Alejo hacia abajo para dejarlo colocado de forma que ella llegara con la boca a su miembro y al mismo tiempo el ciclista pudiera penetrarla desde atrás permaneciendo en pie en el suelo. Cuando tuvo a su novio en la posición deseada, elevó su pompis para ofrecérselo al dueño de la casa, bajó su cabeza para buscar el pene de su chico y se lo metió entero en la boca para deleite de ambos. Efectivamente, la diferencia de tamaño era considerable y podía hacerlo desaparecer casi por completo dentro de su boca. Pero le encantaba igualmente.

El ciclista, sin necesidad de más instrucciones de ningún tipo, se dirigió a la parte posterior de la cama, y al contrario de lo que pensó Alicia que haría nada más tener acceso a su sexo, penetrarla, se arrodilló en el suelo y comenzó a chuparle directamente la vulva como un desesperado. Le recorrió el sexo de arriba abajo con la lengua, haciendo intentos por introducírsela todo lo que le era posible y haciéndole cosquillas en el intento con la punta de la nariz en el ano. Alicia se excitó ante la urgencia y la casi agresividad del chico por hurgarle en su vagina y aún más al notar las presiones y roces sobre su puerta trasera, aunque no quiso dar esperanzas de ningún tipo por ese lado. Tras los lengüetazos y lamidas, el muchacho no se anduvo con miramientos y le metió dos dedos de golpe en la vagina que casi hicieron que Alejo perdiera su pene debido al sobresalto de Alicia. Si ella de por sí ya estaba excitada con toda la novedosa experiencia que estaba viviendo, aquella violenta intrusión consiguió que su sexo terminara de empaparse y comenzó a producir lubricante como si...

jueves, 1 de junio de 2023

Lesiones (eróticas) de fútbol




A Alicia no le gustaba el fútbol. De hecho, le parecía el deporte más aburrido del mundo. Veinte tíos corriendo como posesos detrás de un balón y otros dos aburridos en sendas porterías. Ni siquiera los partidos más importantes, esos que casi detienen el pulso de todo el país por espacio de unas dos horas le llamaban la atención. Ni los Madrid vs Barça. Ni los de los mundiales, ni los de las competiciones europeas, ni la liga inglesa… ¡Nada! Ni siquiera el “jogo bonito” de los cariocas. Para ella todos los partidos eran igual de aburridos. Siendo la pequeña y la única chica de cinco hermanos se había tenido que tragar muchos de ellos. Su padre estaba obsesionado hasta el paroxismo con el fútbol. En su casa no se veía otra cosa en la tele que ese dichoso deporte. Daba igual que fuera en la tele del salón, en la de la cocina o en las de los dormitorios. Casi todas estaban siempre ocupadas con deportes. Y la mayoría de las veces era fútbol. Se había criado y había crecido con el incomodísimo y monótono soniquete de fondo de los comentaristas de fútbol, que usaban una y mil veces las mismas frases hechas para referirse a las jugadas realizadas por los deportistas en el campo. ¡Era odioso!

Y así había sido durante todos los años de su vida, veintidós nada menos, desde que tenía recuerdos y hasta el momento actual. A veces incluso le costaba concentrarse para estudiar en su habitación. Por mucho que cerrara la puerta, los ruidos y las voces del salón eran insoportables. Los gritos de su padre y hermanos cada vez que se cometía una falta o un balón rozaba la escuadra eran enloquecedores. Y ni que decir tiene el escándalo que se formaba si lo que sucedía era que se marcaba un gol. Si era de los contrarios, mal porque los insultos se escuchaban en todo el bloque. Y si el tanto era de los buenos, entonces los gritos de euforia no es que se escucharan en todo el bloque, es que a veces incluso sus hermanos subían hasta su cuarto. Eufóricos perdidos, la informaban a voz en grito y dando saltos de alegría que habían marcado los suyos. Como si no se hubiera enterado. ¡Un asco!

Pero todo cambió un día en que su padre decidió comprar un televisor gigante para ver mejor los mejor en el salón de casa. Hasta ese día, los partidos se veían en los viejos y voluminosos aparatos de rayos catódicos en tamaños no superiores a las veinte pulgadas. Lo que en ellos se veía no eran más que simples muñequitos de colores corriendo como hormiguitas en un tapete verde con rayas blancas. Pero con la tele nueva, las cosas eran muy distintas. Con setenta y ocho pulgadas, que para el que no lo sepa son casi dos metros de longitud de esquina a esquina, las cosas en ella se veían de otra forma.  Tenía pantalla extra plana y una superficie ligeramente curvada, tecnología LED y capacidad para mostrar imágenes en 3D. ¡Hasta el fútbol se veía tridimensional!

Alicia no tardó en darse cuenta de que lo que se movía por la pantalla ya no eran pequeños hombrecillos uniformados corriendo de un lado para otro. Ahora lo que veía eran hombres hechos y derechos, con sus músculos, sus gotas de sudor por el esfuerzo físico, sus tatuajes en muchos casos, sus peinados a cual más complejo, sus caras, sus expresiones… Ahora sí era otra cosa mirar el fútbol. La nueva tele, además, ofrecía múltiples posibilidades de grabación, repetición a cámara lenta, distintos ángulos de visión y niveles de zoom, seguimiento constante de un jugador determinado y un larguísimo etcétera. Y a Alicia no se le pasó por alto que todos aquellos jugadores de fútbol eran auténticos portentos físicos, con unas musculaturas dignas de cualquier adonis griego. La mayoría no de ellos no eran especialmente guapos, de hecho había algunos que eran hasta “incómodos de ver”, pero lo que sí tenían todos, o prácticamente todos, eran unas piernas de infarto. A Alicia siempre le habían gustado los chicos musculados. Quizá no los de tipo culturista, pero sí todos aquellos en los que se podía apreciar que se cuidaban en el gimnasio. La volvían loca las tabletas abdominales bien definidas, especialmente si terminaban en un ombligo bonito con una ligera pelusilla en el bajo vientre que indicara el camino hacia el sur, atravesando unos bien perfilados músculos pélvicos. Pero desde que su padre compró aquella pedazo de televisión, además de disfrutar de aquellas maravillosas tabletas, ahora se había aficionado a los muslos. Y es que aquellos condenados jugadores de fútbol, tenían todos unas piernas con unos muslos tan grandes, tan fuertes y tan definidos, que no podía evitar ruborizarse cuando las cámaras se centraban en algún jugador que había quedado tendido en el suelo doliéndose tras alguna patada fuerte o una entrada fea. Los planos cortos con los gestos de dolor del jugador, y la vueltas que daba en el suelo retorciéndose de puro dolor, eran para Alicia los momentos más interesantes de todo el partido. Eran secuencias de imágenes en las que la velocidad de las carreras daba paso a segundos más sosegados en los que a la cámara le resultaba mucho más fácil enfocar nítidamente y en plano corto algo que no corría por el campo. Y aunque el pobre veinteañero estuviera sufriendo lo indecible en el suelo, Alicia disfrutaba del fútbol como nunca. Le encantaba especialmente si la lesión era suficientemente grave como para requerir la intervención inmediata de los fisios y tenían que atender al muchacho en pleno campo. Aquéllos aerosoles que le aplicaban en las piernas, seguidos de vigorosos masajes en los muslos, con la pierna en alto, el pantaloncito recogido hacia arriba y mostrando parte del nacimiento del glúteo, la ponían cardiaca. Le costaba disimularlo delante de su padre y hermanos, pero la verdad era que cuando los fisios saltaban al campo, al contrario que sus hermanos, que aprovechaban para ir al baño o a la cocina a por otra cerveza, ella se quedaba pegada a la pantalla esperando que el realizador no se perdiera detalle de la actuación con el pobre lesionado.

Aquellos muslámenes tan manoseados y sobados, el sudor, el Reflex, que casi podía oler desde su sofá, el brillo, la pierna recorrida con fuerza arriba y abajo por las experimentadas manos del fisioterapeuta desde el gemelo hasta casi la misma nalga, las violentas sacudidas y golpes a la carne para que el músculo se recupere lo antes posible, la pierna extendida verticalmente como una rígida columna y el fisio descargando su propio peso sobre ella con la bota del jugador apoyando en su pecho… todo era tan erótico y estimulante para Alicia. Aquella maldita televisión gigante cambió su vida. Ahora no se podía quitar los futbolistas de la cabeza. ¿Pero realmente podría acercarse a alguno que tuviera esas piernacas que ahora tanto la obsesionaban? Tenía claro que a las grandes estrellas no podría arrimarse ni de lejos. Y aunque pudiera, al ser tan ricos y famosos, estarían ya todos comprometidos. Los que no estaban casados tenían unas novias de infarto, casi todas ellas modelos de pasarela, actrices o presentadoras de televisión. Era lógico. Las lagartas se arriman a este tipo de famosos para asegurarse ellas mismas su propia fama, minutos de notoriedad en los medios, o incluso arreglarse económicamente la vida para siempre. Pero Alicia no quería eso. Ella sólo quería estar un ratito con un buen par de esas piernas y hacerles lo mismo que los fisios pero a solas, sin cámaras y, a ser posible sin ropa, ninguno de los dos.

Su obsesión comenzó a hacerla interesarse más y más por el deporte rey, hasta el punto de que ya no se perdía ningún partido cuando en su casa ponían la tele para ver los encuentros importantes. Al principio ni su padre ni sus hermanos le dieron importancia, pero con el tiempo comenzaron a extrañarse cuando la encontraban hasta viendo partidos ella sola. Y mucho más aún cuando algunos de esos partidos eran incluso de segunda división y de otras categorías inferiores que sólo televisaban en cadenas regionales. Y es que Alicia estaba tan obsesionada que emprendió un pequeño estudio de campo en el que su objetivo principal era comprobar si las piernas de los jugadores de los equipos pequeños y mediocres eran tan fuertes, torneadas, atractivas y eróticas como las de Cristiano Ronaldo, Leo Messi y las otras estrellas de la primera división. Y su conclusión fue que sí, que aquellos jugadores menos famosos, menos ricos y menos endiosados, tenían unas piernas tan atractivas o más que las que las de los primeros. Y seguro que sería mucho más fácil acercarse a ellos y tendría más oportunidad de ejercer su nueva actividad favorita, la de reportera y fisioterapeuta.

Aprovechando que estaba estudiando periodismo en la universidad, se inventó para una de las prácticas que tenía que hacer en una de las asignaturas de la carrera, una tarea en la que tenía que documentarse sobre las lesiones y sus consecuencias sufridas por los deportistas del deporte rey de su región.

Para tal efecto, se hizo con un listado de todos los equipos de fútbol federados que jugaban en su comunidad, y de cada uno de ellos, consiguió los nombres de todos los jugadores, incluidos los entrenadores. Con una extensa base de datos de nombres y apellidos, comenzó a cruzar datos para investigar en Internet la posible forma de contactar con las personas responsables de cada equipo, especialmente presidentes y entrenadores. Su objetivo era luego contactar con todos ellos por escrito o por teléfono para informarles sobre el estudio que estaba realizando para la universidad acerca de lesiones en jugadores. Entre las llamadas, los correos y la asistencia personal a muchos de los partidos jugados en su zona, pronto se hizo con target para su estudio de unos veinte o treinta jugadores lesionados a los que finalmente poder dirigirse. Y tras hablar personalmente con cada uno de ellos, fue concertando poco a poco citas con todos los lesionados. Todos accedieron, ya que recibir una llamada o un correo de una mujer interesada en entrevistarte no es algo que a los jugadores les suceda todos los días, sobre todo a los de las categorías inferiores.

El lugar de encuentro solía ser casi siempre alguna cafetería cercana a los campos donde habitualmente se jugaban los partidos. La primera cita era para obtener un primer contacto visual con el jugador y ver si era de su agrado físicamente, ya que algunos había que no se los comían ni los cochinos. Y por muchas piernas que tuvieran, probablemente algunos no pasarían el corte de la primera entrevista. En el estudio real, con la batería de preguntas inicial tenía más que suficiente para hacer su trabajo y superar con éxito la asignatura y la práctica. Y con los que encontraba un buen feeling, bien por su atractivo físico o bien por su simpatía, se las arreglaba para conseguir nuevas entrevistas para continuar con el “trabajo de campo” y profundizar en el tema. No le costaba mucho lograrlo. Alguna sonrisilla picarona, un aletear pausado de pestañas o un tirante de sujetador rebelde que se soltaba de su amarre en el hombro como “por causalidad” era todo lo que necesitaba.

De aquéllos primeros treinta lesionados, sólo una docena pasaban su “primer corte”. Pensó que aquellas doce bellezas estaban simplemente de “toma pan y moja” y se propuso lograr probar aquella dos docenas de piernas. Y por supuesto, los dueños de todas aquellas extremidades no dudaron ni por un instante en aceptar segundas entrevistas para ayudar a aquella jovencita periodista a realizar su trabajo universitario. Estaba hecho. Las segundas entrevistas necesitaba hacerlas en lugares más íntimos que una cafetería pública o un campo de fútbol atestado de adolescentes. Alicia informó a aquellos deportistas de que en sus siguientes encuentros necesitaría pasar de las preguntas orales al trabajo de campo propiamente dicho, como tomar medidas y examinar con más detalle el alcance y las consecuencias de las lesiones, dejando entrever que incluso podría necesitar comprobar de primera mano la situación de la lesión.

Escogió a su primer jugador, aquel que más le había gustado físicamente, y le emplazó para la segunda entrevista. Le había visto ya las piernas porque el día del encuentro había acudido vestido de corto para ver a sus compañeros a uno de los partidos del equipo. Él no jugaba debido a la lesión, pero sí estuvo haciendo estiramientos y calentamientos suaves en la banda por indicación de su fisio. Cuando finalmente se sentaron en una de las gradas para hacer la entrevista, Alicia no pudo quitarle el ojo a aquel par de piernas tan bien trabajadas, tan fuertes y musculosas, y para su sorpresa, tan depiladas y libres de todo rastro de vello. La boca se le hacía agua y no podía esperar a estar a solas con él y disfrutar de aquellas piernacas. Y como el chico estaba soltero y vivía solo en un pequeño apartamento, acordaron verse en  unos días en su casa.



El día de la cita, Alicia estaba algo nerviosa pero estaba completamente convencida de lo que iba a hacer. Necesitaba tener a aquel monumento en pantalón corto, sobarle las piernas y comprobar de primera mano lo que llevaba soñando tantos meses, que las piernas de los futbolistas están hechas para pecar. Y si luego de paso podía pecar de alguna otra forma con otras partes del atlético cuerpo, pues tanto mejor.

Llegado el día, el muchacho la recibió en su casa vestido con ropa cómoda y deportiva a pesar de que ese día no había hecho deporte. Era un chándal de uno de los dos equipos más famosos de la liga española. Todo el conjunto iba a juego; pantalón, camiseta, chaqueta y hasta calcetines y calzado. Alicia supuso que hasta bajo el pantalón largo del chándal tendría los preceptivos pantalones cortos con los que los jugadores suelen saltar al terreno de juego, aunque no le dio importancia. Tras darle la bienvenida a su casa y ofrecerle un refresco o algo para picar que ella rechazó enseguida, pasaron al salón y se sentaron en el sofá de tres plazas. Lo hicieron los dos semienfrentados, sentados casi en el borde del sofá y prácticamente de medio lado para quedar más o menos uno frente al otro. Alicia enseguida sacó de su bolso un pequeño cuaderno de espiral, un bolígrafo Bic y una cinta métrica amarilla que su madre siempre tenía en el costurero. Seguro que se enfadaría mucho cuando la echara en falta. El chico se quedó un poco cortado al ver el metro, pero enseguida pensó que sería para medir su estatura y completar todos los datos del estudio de su entrevistadora. Y efectivamente, Alicia comenzó con una serie de preguntas entre las que se incluía el peso, la estatura, la edad y algún dato más, aunque en ningún momento hizo uso de la cinta métrica pero sí del boli y el cuaderno, en el que iba apuntando todas las respuestas. Finalmente, Alicia se centró en la lesión que la había llevado a visitar a aquel bombón a su propia casa.

―De acuerdo ―dijo por fin Alicia sin levantar la vista de sus notas del cuaderno―. Háblame de tu lesión. ¿Cuál es exactamente y en qué consiste?
―Pues… ―dudó el chico―, se llama tendinopatía isquiotibial. Es una especie de sobrecarga de los tendones que hay en la parte trasera y superior del muslo.

¡Bingo! Pensó Alicia para sus adentros. Había dado en la diana con su primer lesionado.

―De acuerdo ―dijo ella ya en voz alta―. Deduzco entonces que tu posición en el terreno de juego es delantero o punta.
―Sí ―dijo él un poco sorprendido al comprobar el acierto de Alicia―. Suelo jugar la banda derecha y mi misión fundamental son los desmarques rápidos para poder hacer centros a los delanteros centrales.
―Entiendo ―dijo Alicia―. Así que las carreras explosivas son tu especialidad y tu lesión se ha producido quizá por un calentamiento insuficiente en algún entrenamiento.
―Oye, tú sabes mucho de esto, ¿no? ―preguntó él completamente anonadado por lo certero del diagnóstico.
―Bueno ―respondió Alicia guiñándole un ojo―. Algo sé. Como también sé que necesitas bastante reposo para curar la lesión, que te llevará varios meses y no forzar absolutamente nada, haciendo calentamientos muy suaves pero muy concienzudos.
―¡Exacto! ―dijo él con una sonrisa en la boca.
―¿Has llegado a desarrollar tendinitis? ―continuó ella―. Ya sabes. ¿Te han recetado anti inflamatorios?
―No ―contestó él escuetamente―. Sólo reposo.
―Bien ―continuó Alicia―. Pues sobre la lesión no me hace falta nada más porque tengo todos los datos médicos necesarios para consultarlos en casa o en la Uni. Ahora sólo necesito medirte. ¡Fuera pantalones!

El muchacho se quedó un poco bloqueado ante el desparpajo y la decisión de Alicia. Y aún se inquietó mucho más cuando se dio cuenta de que bajo el pantalón del chándal no llevaba los shorts de deporte sino sus calzoncillos normales.

Ella se percató inmediatamente del rubor del pobre chico y lo atajó rápidamente.

―¡Vamos, vamos! ―exclamó―. ¿No me irás a decir que estas alturas te da vergüenza?
―Bueno… ―dudó él―. Un poco.
―¡Anda, no seas tonto! ―le quitó importancia ella―. Tómalo como si yo fuera tu fisio. ¿No tienes que desvestirte cuando te ve el fisio?
―Bueno, sí ―contestó él―. Pero no es lo mismo.
―¡Anda, tonto! ―exclamó ella―. Que no pasa nada. ¿Para qué crees que he traído este metro? Necesito medirte el contorno del muslo y clasificar tu lesión en una tabla en función del grado de desarrollo y musculatura de tus piernas.

El chico dudó un poco pero finalmente, y ante la tajante seguridad y conocimientos mostrados por su nueva fisioterapeuta, no le quedó otro remedio que obedecerla. Se puso en pie lentamente y girándose un poco para no quedar enfrentado a ella, que aún permanecía sentada en el sofá, comenzó a bajarse los pantalones. Cuando los tuvo en los tobillos, se enderezó y le preguntó a Alicia si tenía que quitárselos del todo.

―¡Claro! ―dijo ella totalmente convencida―. ¿Cómo crees que voy a poder medirte las piernas si no?

El chico obedeció y se salió por completo de los pantalones, recogiéndolos después y dejándolos cuidadosamente sobre uno de los brazos del sofá. Ahora Alicia lo tenía justo donde lo quería, a su lado, con las piernas al descubierto y listo para su “inspección”. Tomó su cinta métrica amarilla y se bajó del sofá, colocándose de rodillas en el suelo al lado de su “lesionado”.

―A ver ―le dijo―. Voy a medirte la longitud total de tu pierna. Ponte como firmes, erguido y con las piernas cerradas.

El chico obedeció y se colocó como ella le indicó.

―Bien. Ahora mantén esto aquí―, continuó ella dándole un extremo de la cinta de medir e indicándole que lo sujetara justo en el hueso lateral de su cadera por encima de sus calzoncillos boxer.

Luego ella extendió toda la cinta a lo largo del lateral de la pierna, asegurándose de que quedara bien pegada a ella, recorriendo para ello toda la pierna con sus manos y llevó el otro extremo hasta el suelo. Cuando obtuvo la medida que necesitaba, tomó su cuaderno de nuevo y la anotó.

―Bien ―continuó la improvisada fisio―. Ahora necesito medirte el contorno del muslo. Abre un poco las piernas para que pueda pasar el metro por dentro.

El chico obedeció y abrió las piernas un ligeramente, lo suficiente para que ella pudiera pasar sus manos entre ellas llevando la cinta métrica. Tomó la medida y se dispuso a anotarla.

―Cincuenta y nueve centímetros ―dijo―. No está nada mal. Buena cacha tienes. Sólo un par de centímetros menos que Ronaldo. Tienes que ser muy rápido por la banda. Menudo músculo.
―Un poco ―dijo tímidamente el muchacho y sonriendo orgulloso por la comparación con el astro.

Luego, Alicia volvió a dejar el cuaderno, la cinta y el boli en el sofá y se dispuso a hacer lo que tanto tiempo llevaba soñando hacer; sobar un buen par de piernas de un futbolista.

―A ver corazón ―le dijo cariñosamente―. Gírate un poco y déjame ver esos isquiotibiales.

El chico se giró lentamente, quedando de espaldas a ella, que aún permanecía de rodillas en el suelo y se colocó en la misma posición, relajado y con las piernas abiertas ligeramente.

―¿Cuál es la pierna lesionada? ―preguntó Alicia―. ¿La derecha o la izquierda?
―La derecha ―replicó él.

Y sin pensárselo dos veces, llevó sus manos hasta la parte trasera del maltrecho muslo de aquel fornido chaval y comenzó a acariciarle suavemente la zona lesionada. La ausencia de vello y el tremendo contorno de aquella pierna conformaban un auténtico placer para los sentidos de Alicia, tanto para el tacto como para la vista. Le agarró el muslo entero, rodeándolo cuanto pudo con ambas manos y comenzó a hacerle un suave masaje con los pulgares en la parte alta de la pierna, donde se encontraba la lesión propiamente dicha y ya casi donde nacían las nalgas aún protegidas aún por los bóxer.

El chico se quedó completamente paralizado pero no hizo absolutamente nada. Lo que le estaban haciendo era placentero pero no era el momento de demostrarlo con una erección inoportuna (suerte que estaba de espaldas), así que trató de pensar en algo que le distrajese la mente para mantener el bulto de sus bóxers bajo control. Y por el momento, le funcionó.

―¿Te duele? ―preguntó Alicia.
―No ―contestó él―. Para nada.

Entonces ella comenzó a hacer un poco más de fuerza y puso a trabajar los pulgares con algo más de ahínco, clavándoselos un poco en la zona lesionada y recorriendo arriba y abajo todo el bíceps femoral y el aductor lateral, desde la corva hasta la nalga. Aquel pobre ingenuo pensaba que le estaban haciendo un masaje fisioterapéutico, pero lo cierto es que Alicia estaba sencillamente empapando su tanga debido a la excitación sufrida por estar sobando la pierna más atractiva que había visto en su vida.

―Avísame cuando te duela ―continuó ella para romper un poco el tenso silencio que se había instalado entre ellos con el masaje.
―De acuerdo ―respondió él.

Alicia continuó con el masaje y, para que no pareciera que en realidad estaba haciendo lo que estaba haciendo, de vez en cuando agarraba los laterales del muslo del muchacho y los agitaba con relativa violencia, como queriendo hacer girar la pierna sobre sí misma como tantas veces había visto a hacer a los fisioterapeutas profesionales en los partidos. Cuando lograba el objetivo de relajar la musculatura del chaval, regresaba a la zona lesionada y continuaba clavando los pulgares en la parte alta y pegada a la nalga.

Tras varios minutos de masaje, finalmente Alicia mandó girar al muchacho y le indicó que se posicionara de frente a ella. Seguían uno en pie y la otra arrodillada y sentada sobre sus talones, de forma que la situación se tornó un poco incómoda para el deportista pero tremendamente divertida para Alicia, que sabía muy bien lo que hacía. En la nueva posición, el muchacho se llevó las manos a la espalda porque directamente no sabía qué hacer con ellas, y la improvisada fisioterapeuta continuó masajeando aquella fortísima pierna para deleite suyo, esta vez por la zona delantera para trabajar el cuádriceps. Muy sutilmente, comenzó a aflojar la presión ejercida en el masaje y comenzó a centrarse en zonas más sensibles de la pierna, como la cara interna del muslo y la zona más próxima a la nalga. Se hizo también la descuidada y se aseguró de rozar en alguna ocasión la otra pierna con una de sus manos, de forma que el masaje pasara poco a poco de ser medicinal a ser algo más sensual. Ella seguía arrodillada en el suelo, sobando y disfrutando de las piernas de un apuesto deportista, y él permanecía en pie, sin pantalones y tratando de evitar mirar hacia abajo para no encontrarse con la mirada de su masajista. Era sin duda una situación excitante para ambos. Y para desgracia del chaval, aunque los dos estuvieran muy excitados, sólo a él se le notaba, ya que la única muestra de excitación de Alicia era su empapadísima ropa interior, y eso él no podía verlo. Sin embargo, ella sí podía ver desde su posición que él se estaba excitando por momentos. Sus esfuerzos por pensar en otras cosas no le estaban funcionando ya, y bajo sus bóxers se estaba formando un gran abultamiento que estaba comenzando a ponerle en evidencia. Aún así, no dejó de masajearle en ningún momento.

―Bien ―dijo finalmente Alicia―. Eres un chico con suerte. Tras este masaje que te acabo de dar, ya tengo un buen diagnóstico. He podido comprobar que tu lesión no es grave y que además no tienes inflamación en los isquiotibiales. No tardarás mucho en recuperarte. Sin embargo, sí he detectado algo de inflamación en otras zonas y eso me preocupa un poco.

El muchacho no pudo por menos que ponerse colorado como un tomate al mirar hacia abajo y comprobar que Alicia se refería claramente a su tremenda erección. No sabía dónde meterse y hubiera deseado que la tierra se le tragara allí mismo.

―Pero no te preocupes ―le tranquilizó―. Creo que eso también podemos arreglarlo.

Y para sorpresa del chaval, alargó su mano y cogió de nuevo la cinta métrica que minutos antes hubiera dejado en el sofá. Luego, permaneciendo aún de rodillas, rebuscó con sus manos el elástico de goma superior de los bóxers y sin miramientos, tiró de ellos hacia abajo, descubriendo por completo, y ante la atónita mirada del muchacho, todo lo que ocultaban. Con los calzoncillos algo por debajo de las rodillas, Alicia tomó la cinta amarilla de medir de nuevo y la colocó sobre el creciente pene del muchacho, sujetando un extremo contra la pelvis y estirando la cinta con la otra mano por la parte superior del miembro mientras lo sostenía suspendido en el aire.

―Mmmm ―gimió Alicia―. No está nada mal. Aquí también andas bastante sobrado de centímetros, como en el muslo. Y eso que aún no está en su estado óptimo. Pero esta inflamación sí que hay que tratarla. Puedo, ¿verdad?

El chico sencillamente se dejó hacer. No podía ni sabía cómo articular palabra alguna. Simplemente cerró los ojos y se dejó llevar por la situación. Estaba claro que la que mandaba era ella, y por lo que había podido comprobar, poco o nada podría hacer. Probablemente ella lo haría todo.

Alicia volvió a tirar la cinta métrica sobre el sofá, abandonó su posición sentada sobre sus talones que había mantenido hasta ese momento, y continuando de rodillas, se irguió y directamente se metió aquel enorme...


lunes, 1 de mayo de 2023

¡Estás despedida!

Alicia ya lo tenía decidido. Dejaría el trabajo. Estaba harta. Harta de las absurdas tareas que tenía encomendadas, harta del miserable sueldo que recibía, harta de sus envidiosas compañeras de trabajo, y sobre todo, harta de su asqueroso jefe, un viejo verde que la miraba con ojos lascivos, sin ningún tipo de pudor ni vergüenza y que en varias ocasiones había intentado propasarse con ella. Le puso en su sitio un día que se pasó de la raya, y agarrándole las pelotas con rabia y con fuerza, se las retorció, causándole un tremendo dolor hasta que consiguió hacerle hincarse de rodillas en el suelo y pedirle perdón.

―¡Asqueroso! ―Le gritó―. ¡Viejo verde! No vuelvas a acercarte a mí.

Desde entonces, hacía ya casi un año, nunca más volvió a molestarla, pero se le seguía revolviendo el estómago cada vez que veía su desagradable careto, y mucho más aún cuando comprobaba que ahora intentaba propasarse con alguna de sus compañeras más tímidas y menos decididas que ella.

Ya no estaba a gusto en la empresa. Nada la estimulaba para levantarse con ganas cada mañana y tirar para delante. Ni el sueldo, ni el ambiente de trabajo, ni por supuesto el asqueroso jefe. Tampoco el atasco de casi dos horas que tenía que sufrir cada mañana para llegar a la oficina, ni el inhumano horario que tenía impuesto. ¡Nada! Todo era un desastre. Necesitaba un cambio. Y lo necesitaba pronto.

Lo único que a veces lograba hacerla sonreír y perderse en sus ensoñaciones era el gerente y consejero delegado de la empresa. A sus escasos treinta y tres años, había heredado no sólo la propiedad del negocio, sino también la responsabilidad de su gestión. Tras la repentina muerte de su padre, se vio obligado a asumir el mando de la nave y con la escasa experiencia que tenía en el mundo de los negocios, aún carecía de los vicios que la mayoría de los grandes empresarios mucho más resabiados tenía. Era justo y bueno y trataba a la gente con respeto y cortesía, sin duda debido a la gran calidad de la educación que él mismo habría recibido durante su niñez.

Pero lo que más embelesaba y cautivaba a Alicia era lo bueno que estaba. El cuerpo de aquel niño recién convertido en hombre estaba hecho para pecar. Alto, fuerte y corpulento, de anchos hombros, con un trasero que daban ganas de pellizcar cada vez que coincidían en el ascensor y guapo a rabiar, era la comidilla de todas las mujeres de la empresa. Tenía el pelo un poquito largo, sólo lo justo, siempre impecable, brillante y limpio, y unos ojos que derretían a cualquier fémina que osara sostenerle la mirada durante más de cinco segundos. Se notaba que se cuidaba y hacía deporte porque la fina tela de los carísimos trajes que usaba dejaba adivinar unas piernas fuertes y torneadas, brazos macizos y un vientre completamente plano sin un solo atisbo de grasa en ningún sitio. Alicia imaginaba, y no se equivocaba, que aquel vientre y estómago estarían llenos de definidas tabletas abdominales. Era justo todo lo contrario que su jefe directo.

Habían coincidido incontables ocasiones en el aparcamiento de la empresa, en el ascensor y en las zonas comunes del edificio, pero la relación siempre se había mantenido en la más estricta cordialidad, intercambiando sencillamente educados saludos o como mucho, alguna conversación banal acerca del tiempo o cualquier otra nadería. Pero Alicia sabía que era completamente inalcanzable para ella. Estaba fuera de su órbita y por eso tampoco se hacía ilusiones por acercarse a él de ninguna forma como sí hacían todas sus estúpidas compañeras de trabajo. Alguna soñaba incluso con cazarlo y llevarlo al altar, más por dar un buen braguetazo y resolverse la vida que por otra cosa. Pero ella tenía los pies en el suelo y se conformaba con alegrarse la vista cada vez que lo veía y punto. A nadie le amarga un dulce y para ella, cruzarse con él por cualquier parte del edificio era simplemente un deleite para sus ojos y nada más. Las aspiraciones de su vida eran otras y estaban bien lejos de todo lo que tuviera que ver con la empresa, de la quería salir cuanto antes.

Y ya tenía la decisión tomada. Esa misma semana se despediría. El viernes coincidía con el último día del mes. Le entregarían su nómina y el sobre con el efectivo correspondiente a las horas extras, y cuando se lo dieran, abandonaría su trabajo en la empresa. Ese mismo viernes, tras haber liquidado también su última mensualidad del alquiler a su antipática casera, al salir de la oficina, cogería su viejo y destartalado coche, que ya contendría sus maletas en la parte trasera, y pondría rumbo al sur, a buscar el sol, un clima mucho más benigno y nuevas oportunidades de trabajo y de ocio. Necesitaba cambiar de escenario, de actividad, de amigos, de vida en definitiva.

La semana pasó más lenta e insufrible que nunca. Hacia el miércoles estaba ya de los nervios y no veía la hora de marcharse. Incluso estuvo a punto de renunciar a su sobre por no tener que esperar al viernes, aunque al final lo pensó mejor y decidió que aquel dinero era suyo y que por dos día más, aguantaría lo que fuera, incluso el vacío y las malas caras de sus compañeras a las que tanto odiaba. Pero el viernes por fin llegó y Alicia se levantó con un optimismo renovado. Tras su desayuno y su ducha matutina, se vistió de forma mucho más jovial e informal que de costumbre, cargó el coche con sus escasas pertenencias y se dirigió contenta y risueña hacia su último día de trabajo en la oficina.

Su tremendo sentido de la responsabilidad no le impidió realizar sus tareas con la máxima diligencia y eficiencia. Quizá otros, sabiendo que el lunes no regresarían, habrían dejado cosas sin hacer o pendientes para que las resolvieran otras personas, pero ella no era así, y mientras estuviera en la empresa no dejaría de realizar sus obligaciones y además, hacerlas bien. Tenía demasiada conciencia. Por eso se le pasó la mañana volando y cuando quiso darse cuenta, era casi la hora de marcharse. Faltando ya escasos minutos para la hora de cierre, recogió su mesa y sus pocas pertenencias, revisó el ordenador y guardó en la nube las cosas personales que no tenían nada que ver con su trabajo. Luego las borró del disco duro y se dispuso a marcharse. Ni siquiera tenía pensado despedirse de nadie. Sus compañeras no lo merecían, y por supuesto, su jefe aún menos. Lo sentía por ellos pero el lunes tendrían que apañarse sin ella. Cuando ya se encaminaba hacia la salida con su nómina, su sobre y sus cosas personales, le entró un último remordimiento de conciencia y decidió que Alberto, el gerente y dueño de la empresa no se merecía una despedida tan fría y traicionera, aunque sólo fuera por el respeto y la educación con la que siempre la había tratado. Cambió de idea y se dirigió hacia su despacho, sabiendo que por lo general se quedaba muchas horas allí después de terminado el horario laboral. Le daría las gracias por los años de trabajo que la empresa le había proporcionado y le comunicaría su decisión de dejar el puesto.

Golpeó suavemente la puerta dos veces con sus nudillos y esperó respuesta. Cuando la obtuvo, abrió despacio la puerta y, metiendo solamente la cabeza, pidió permiso para entrar.

―Buenas tardes, Don Alberto ―saludó con timidez―. Siento molestarle si está ocupado. ¿Me concede sólo un minuto?
―¡Pasa Alicia! ―respondió Alberto desde el otro lado de su lujoso y modernista escritorio―. ¡Y por favor, llámame Alberto! Ese “don” me hace parecer viejo y aún somos jóvenes los dos.

Alicia se quedó perpleja. No sólo el hecho de solicitar prescindir de los formalismos era completamente nuevo para ella. No era lo normal. Pero es que además, el condenado guaperas se había dirigido a ella por su nombre. ¡Recordaba su nombre! Eso sí era extraño en una empresa con más de doscientas mujeres en nómina y en un jefe que por lo general no tenía trato directo con los empleados y raramente salía de su despacho.

―Gracias ―respondió Alicia adentrándose en la habitación.
―Siéntate ―le indicó Alberto señalando una de las dos sillas de diseño que se encontraban frente a su mesa.

Alicia se sentó erguida casi en el borde de la silla, con las rodillas juntas y sus manos algo nerviosas sobre el regazo.

―Tú dirás ―dijo Alberto―. ¿En qué puedo ayudarte?

¿Un jefe ayudando a una empleada? Alicia cada vez estaba más atónita. Por un momento comenzó a replantearse su decisión de abandonar aquella empresa sabiendo que su máximo dirigente era tan educado, respetuoso y sobre todo ¡guapo! Pero no. La decisión estaba tomada y ya no había marcha atrás.

―Verá, Don Alberto… ―comenzó a explicar  Alicia.
―¡Espera! ―interrumpió él señalándola con el dedo―. Si vuelves a llamarme Don Alberto te despido.
―Perdón ―se disculpó ella―. Bueno, verá… ¡perdón, perdón! Quise decir “verás”. Es que precisamente a eso he venido a verle… ¡a verte!

Alberto se quedó un poco descolocado y arqueó una de sus preciosas cejas castañas.

―¿Nos abandonas? ―preguntó.
―Lamentablemente sí ―comunicó Alicia―. He tomado algunas decisiones recientemente en mi vida, y una de ellas es abandonar este trabajo. Me voy de la ciudad y voy a probar suerte en el sur, pero no quería marcharme sin comunicárselo a usted y sin darle las gracias por todos estos años de empleo y sueldo. Salgo ahora mismo de viaje y sólo quería que supiera que el lunes no acudiré a mi puesto de trabajo. La empresa no me debe nada y creo que yo a ella tampoco. Sólo espero que puedan encontrar sustituta para mi puesto pronto.

Alberto se quedó pensativo unos segundos sin dejar de observar a Alicia y luego continuó hablando.

―Está bien ―dijo―. Por lo que veo es una decisión firme y dudo que pueda hacerte cambiar de idea. Sólo espero que la decisión no haya sido provocada porque te sientas mal en la empresa con tus compañeras de trabajo o con alguno de tus superiores.
―¡No, no! ―mintió Alicia―. Es una decisión completamente personal.
―De acuerdo ―continuó él―. Si quieres que te firme alguna carta de recomendación o alguna otra cosa, estaré encantado de facilitarte en todo lo que pueda tu búsqueda de un nuevo empleo allá donde vayas. Tengo buenas referencias tuyas del tiempo que has pasado con nosotros y es lo menos que puedo hacer por ti.
―No es necesario ―respondió Alicia―. Pero se lo agradezco enormemente. Es todo un detalle por su parte.
―Bueno ―continuó Alberto poniéndose de pie y ofreciendo su mano a Alicia para que la estrechase a modo de finalización de su relación comercial―. Espero que encuentres trabajo pronto y que te vaya muy bien en tu nueva vida en el sur. Si hay algo que pueda hacer por ti, no dudes en hacérmelo saber.

Alicia no dudó en aceptar esa mano y, poniéndose de pie ella también, alargó su brazo y se la estrechó como quien acaba de llegar a un acuerdo o cerrar un trato.

―Muchas gracias ―contestó ella―. Ha sido un placer trabajar para usted.
―¡Estás despedida! ―casi gritó él para sorpresa de Alicia―. Por tratarme de usted otra vez.

Los dos rompieron a reír y Alicia se giró sobre sí misma para dirigirse a la puerta y comenzar desde ese mismo momento su nueva vida. Se alegró infinitamente de haber tomado la decisión de comunicarle a Alberto su despedida y se dispuso a marcharse con la conciencia muy tranquila por saber que había hecho lo correcto. Cuando llegó a la salida del despacho, y ya con el pomo en su mano y la puerta medio abierta, algo pasó por su cabeza y le obligó a volver a cerrarla. De nuevo se dio la vuelta, encaminándose otra vez hacia el escritorio de Alberto, y al llegar hasta donde estaba, en lugar de situarse frente a él como antes, rodeó directamente el mueble y se colocó frente a frente con su jefe, que aún estaba de pie por educación hacia ella.

―En realidad sí que hay algo que puedes hacer por mi ―dijo Alicia ya tuteándole con un tono anormalmente sensual y pícaro para lo que había sido el resto de la entrevista―. Más bien hay algo que yo puedo hacer y que llevo deseando hacerlo desde el primer día que te vi.

Alberto arqueó esta vez ambas cejas y se quedó completamente anonadado por el nuevo rumbo que inesperadamente había tomado la situación. Alicia llevó sus manos hasta la hebilla del cinturón de cuero de los pantalones de su jefe, lo desabrochó con asombrosa habilidad, también el botón del pantalón, bajó la cremallera de la bragueta y dejó que la exquisita y fina prenda del traje cayera hasta los tobillos debido al peso del teléfono móvil, las llaves del coche y algunas monedas que Alberto llevaba en los bolsillos. Él se quedó completamente bloqueado ante la actuación de su ya ex empleada, pero se dejó hacer. Alicia se agachó y, sin miramientos, tiró de sus calzoncillos tipo short hacia abajo hasta que se reunieron con los pantalones. Luego se puso de pie otra vez. Le plantó un pico en los labios y le empujó suavemente por el pecho para que se sentara en su lujoso sillón de cuero. Ya sentado, Alicia se arrodilló frente a él en el suelo y con gran precisión, accionó la palanca del sistema hidráulico del sillón para que por efecto del peso de su dueño, la altura bajara hasta el mínimo posible.



Teniéndole ya como quería, desnudo de cintura para abajo, sentado, con las rodillas abiertas, y totalmente erecto y preparado, no lo dudó y se introdujo su enorme pene en la boca. Era grande, grueso y estaba más duro que ningún otro miembro que Alicia hubiera tenido cerca nunca antes. Estaba impecablemente limpio y olía a Massimo Dutti, como todo él. Con las manos apoyadas en sus fuertes y trabajados muslos, ahora ya no tenía dudas de que hacía deporte, Alicia comenzó succionar con fuerza y a mover su cabeza arriba y abajo. No iba a ser una felación sensual y no iba a emplear un montón de minutos en preliminares ni en excitar al dueño del grueso pene que tenía en la boca. Buscaba sólo su propia satisfacción personal y cumplir el deseo que tantas y tantas veces había ensoñado al ver a su máximo jefe en el trabajo. Sólo quería chupársela por puro placer y quedarse satisfecha.

Él se abandonó al placer que ella le estaba regalando y se dejó hacer, recostándose aún más en su carísimo sillón de oficina y agarrándose con ansiedad a los brazos de madera del mismo. Alicia continuó chupando y succionando con fuerza tan profundo como su garganta le permitía, incrementando el ritmo paulatinamente. Cuando notó que el orgasmo de su ex jefe no estaba lejos ya, llevó su mano izquierda a los testículos mientras que con la derecha asió la parte del pene que no le cabía en la boca, que era casi la mitad, y comenzó a masturbarlo al tiempo que sincronizaba los movimientos de esa mano con los de su cabeza para sufrimiento y castigo de tan imponente pene. Alberto trató de avisarla de que ya no podría aguantar mucho más y quiso sujetarle la cabeza para que parase. Le parecía “descortés” correrse en su boca. Pero parecía que a Alicia no le importaba, ya que soltando momentáneamente el pene que masturbaba violentamente, le dio un fuerte manotazo en las manos y regresó a su posición anterior, agitando y chupando el inmenso pene como si la vida le fuera en ello.

Alberto no pudo resistirlo más y explotó en el interior de la boca de Alicia, que al sentir la ardiente carga inundar su lengua y su paladar, apretó los labios alrededor del durísimo pene y continuó succionando con fuerza como queriéndole ayudar a expulsar hasta la última gota de semen que tuviera en su interior. Las sacudidas de la mano que lo masturbaba hicieron que el pene continuara eyaculando más y más cantidad de semen. La boca de Alicia poco a poco se fue llenando hasta que no le quedó más remedio que abrir su garganta y permitir que el espeso líquido descendiera ardiendo por su interior mientras la lengua, el paladar y los labios se resistían a liberar la presión ejercida sobre el glande y continuaban recibiendo descargas de semen.

Cuando finalmente el pene dejó de expulsar su preciado néctar, la rigidez del mismo se vino abajo y Alicia supo que su trabajo en la empresa había terminado, tanto en el sentido figurado como en el literal. Y estaba contenta por haberlo hecho. Había terminado su etapa en aquella empresa y se había comido a su jefe, que estaba cañón. Había sido una buena y sabrosa guinda para terminar tantos años de auténticos sinsabores.

Se puso de pie, se recompuso un poco, se limpió con la lengua un resto de semen que le escurría por una de las comisuras de sus labios, y apoyando sus manos sobre las de su jefe que aún descansaban sobre los brazos del sillón, le dio un besito en los labios y se despidió de él dándole las gracias.

―Gracias por todo ―le dijo mirándole a sus aún desencajados ojos―. Has sido el mejor jefe que tenido en la vida.


―¡Estás despedida!



Gracias por haber leído este relato.
Espero que haya sido de tu agrado.
Me llamo Hamaya Ventura y puedes
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